Una de las claves
para que “Cena en el taller de artesanía” pudiera grabarse fue
el número limitado de localizaciones. Mientras redactaba el guion
fue uno de los aspectos que más cuide. De vez en cuando me entraban
ganas de escribir una escena en exteriores pero rápidamente la
abandonaba. Todo debía ocurrir en espacios fácilmente controlables.
Al final fueron cuatro: el despacho de Vázquez, el despacho de
Aguayo, la casa de Alejandro y el taller de artesanía. De ellos, el
más incómodo para grabar fue el despacho de Vázquez.
Afortunadamente solo pasamos una tarde en él así que no fue
realmente un incordio.
Para la casa de
Alejandro habíamos pensado utilizar el piso de Rogelio pero con buen
criterio lo descartamos. Había varios inconvenientes pero el que más
pesó fue que está lleno de objetos. Si no hubiera existido el
barroco, Rogelio lo habría inventado. Íbamos a tener dificultades
para colocar las cámaras, las luces, etc. Puesto que rodar las
escenas de la casa de Alejandro nos iba a llevar como mucho diez
sesiones pensé en alquilar un piso un par de semanas. Suponía
desembolsar algo de dinero pero a esas alturas ya habíamos grabado
todo lo del taller y tenía la impresión de que el proyecto iba a
salir adelante así que estaba dispuesto a hacer ese sacrificio.
Andaba buscando un piso cuando Antonio Hernández, un compañero y
amigo del trabajo, me ofreció el suyo gratis. Me dijo que le echara
un vistazo y cuando lo hice me encantó. Tenía el salón amplio y
con pocos muebles así que era ideal para nuestros propósitos. Allí
nos fuimos de ocupas Rogelio y yo. Dos semanas de junio bastaron para
dejar zanjado todo lo relacionado con el piso de Alejandro.
Para el despacho de
Aguayo habíamos pensado utilizar una oficina de la ONCE. Alfredo
Borja hizo las gestiones para que pudiéramos usar gratis una sala de
reuniones de sus oficinas. Al final no hizo falta pero quiero darle
las gracias a él y a la ONCE por su disposición. El motivo por el
que no fuimos allí fue que al final preferí quedarme en mi propia
casa. Eso me evitaba tener que andar con la cámara todos los días
de un lado al otro. Apenas tenía muebles en el salón así que los
quité, puse un par de mesas: una que tenía en el cuarto de estudio
y otra que me dejaron mis amigos de creaciones Tula (otro motivo más
para darles las gracias); rescaté unas sillas que tenía en el
trastero; compré un par de pizarras de corcho y ya tenía el
despacho montado. Cierto que quedó realmente cutre (el grito de
Otilia cuando lo ve por primera vez está más que justificado) pero
hacía su función. La única pega que se le puede poner, aunque
importante, es que la acústica es un asco. El problema de la
reverberación fue insalvable y redujo la calidad final de la serie
de una forma notable.
La cuarta
localización fue el taller de Creaciones Tula. La cuarta en ser
citada, porque fue la primera en importancia y en orden de grabación.
Allí filmé muy a gusto. Tenía muchas ventajas. Es un lugar grande,
lo que nos permitió montar la cena para tanta gente. Tiene varias
dependencias, lo que facilitaba un guion con movimiento de varios
personajes a la vez. Las figuras aportan un plus de estética. Y
otras muchas más. La más importante de ellas que mientras grababa
contaba con el apoyo de Ana e Ignacio. Ellos se convirtieron en mis
ayudantes de dirección, cámaras, técnicos de sonido, etc. La única
pega, aunque para mí muy importante, es que es su lugar de trabajo y
por lo tanto mi presencia suponía un incordio para ellos, aunque
nunca se quejaron por ello. Todo lo contrario, insistieron una y otra
vez en que filmara a mi ritmo y sin prisas. Estaban totalmente
comprometidos en que la serie quedara bien








